Desde diciembre de 1.984 se presentaban constantes temblores, explosiones de gases, arena y lodo en el Cráter Arenas del Volcán Nevado del Ruiz. Los temblores ocasionaron un derrumbe que formo una represa natural en el cañón del río Lagunilla en el sitio del sirpe municipio de el Líbano. Durante el mes de febrero de 1.985 continua los temblores y se inician los estudios por parte de los científicos especializados como el doctor J.C.Thouret. Los eventos e investigaciones son publicados por los principales diarios del país a lo largo del año. La actividad del volcán se intensifica en los meses de octubre y noviembre.
Noviembre 3/85: Los ríos llevan Azufre.
Noviembre 13/85: El río Lagunilla trae meteríal rojizo y elevada proporción de Azufre.
Noviembre 13/85: 4.oo P.M. Gran emisión de cenizas y arenilla que cubre extensa zona.
Noviembre13/85: 8.30 a 9.OO P. M . En Armero cae lluvia con arenilla
Noviembre13/85 10.30 P.M. Los noticieros comunican brevemente que el Volcán del Ruiz hizo erupciones en horas de la tarde.
Noviembre13/85 11.25 P.M. La ciudad se ha quedado a oscuras.
Noviembre13/85 11.28 P.M. Armero ha desaparecido. 25.000 muertos.
Al estallar, el Volcán Nevado del Ruiz lanzó material caliente de distintos tamaños que se había dispersado por la extensión de los glaciares y los había derretido en parte. Eran partículas grandes y pequeñas, todas incandescentes, que diluían la nieve y generaban ríos de agua calientes
Al principio, esos miles de ríos en busca de un cauce formaron enseguida un torrente que comenzó a descender cordillera abajo como una masa oscura y rugiente que arrastraba todo lo que encontraba a su paso. El cañón de el Lagunilla le sirvió de caja de resonancia al formidable estruendo de millones de metros cúbicos de agua que arrastraba piedras enormes árboles y toneladas de tierra revueltas en una colosal mezcladora. En el recorrido de 46 kilómetros de caída, desde la cima nevada hasta el sosegado valle, la rugiente masa aumentó su velocidad hasta semejar un tren desbocado montaña abajo a trescientos kilómetros por hora, que a todos tomo por sorpresa. Se calcula que a las 11.30 P. M. mas de cuatrocientos cincuenta mil millones de metros cúbicos de lodo, un lahar en la terminología técnica, salieron del cañón y se abrieron paso por la planicie a una velocidad que nadie podía contener.
El viento rugía como un huracán, el río desbocado sonaba como si bajara de la montaña triturando grandes piedras, la gente corría y gritaba. Los que podían subir a sus vehículos los lanzaban a toda velocidad que daban sus motores en medio de una espesa oscuridad, arrollando cuanto encontraban a su paso.
En un instante el centro de Armero oscurecido por el repentino corte de energía que sobrevino cuando la avalancha arrastró la planta eléctrica, se convirtió en un mortífero caos. Los primeros muertos fueron las víctimas de la estampida de autos, motos, camionetas y camiones que pasaron sobre cuerpos humanos agonizantes entre la oscuridad, pero ni siquiera los propietarios de autos y de motos pudieron escapar. El alud avanzaba con mayor rapidez y muchos murieron agarrados a la cabrillas de sus vahiculos.
Al grupo de estudiantes de geología de la Universidad Nacional de Manizales los despertó en su hotel los gritos y el ruido.Cuando saltaron de la cama, ya el primer piso del establecimiento estaba inundado, entonces subieron hasta el segundo piso, tropezando los unos con los otros en la oscuridad y se encerraron en un cuarto mientras afuera crecía el estruendo que de un momento a otro se les metió de lleno en la habitación; el edificio no había resistido la violenta presión y se había derrumbado. La corriente los arrastró , mientras ellos se agarraban para apoyarse el uno en el otro. El forcejo duro poco porque instantes después llegó una rugiente ola de lodo que arrastraba ramas, pipetas de gas, carros, cuerpos humanos y árboles enteros, y no les quedaba otra alternativa que dejarse llevar como briznas por aquel mar de barro que avanzaba enfurecido y destructor .
Se calcula que esa noche había en Armero entre veinticinco y treinta mil personas, que en su mayor parte dormían a la hora de la avalancha.
El convencimiento generalizado era que la creciente del río Lagunilla daría tiempo para una evacuación de la población hacía las colinas cercanas, pero el lodo cargado con todos los materiales que había arrastrado a su paso llegó hasta la población dormida y segó, como una gigantesca guadaña, todo lo que encontró, solo quedaron en pie las viviendas de los sitios más altos de la población y el cementerio situado en una colina. También resistieron el embate los viejos árboles de la plaza, que para un puñado de personas fueron una inesperada tabla de salvación. Minutos después de la avalancha decenas de hombres y mujeres se agarraban a las ramas de los árboles en medio de una oscuridad espesa que les impedía saber con exactitud donde estaban y que era lo que había sucedido.
Cuando aparecieron las primeras luces del Jueves 14 de Noviembre de 1.985, el piloto de fumigación Fernando Rivera despegó con su pequeña avioneta y se dirigió Armero. Durante toda la noche había escuchado los informes de radio y querían verificar la magnitud de la catástrofe, y lo que vio desde arriba lo dejó casi sin respiración, ¡ ¨Armero había desaparecido ¡ Desde el aire contemplaba una inmensa playa de color gris con los resplandores de un sol de invierno que se reflejaban en el agua. Donde antes bullía una ciudad entre las copas de miles de árboles ahora veían una enorme extensión gris que se adivinaba silenciosa en un desaguadero de lodo que venía desde la cordillera. Algún dios maligno había fundido en las entrañas del volcán los materiales para esta colosal losa funeraria que cubría una extensión de treinta kilómetros cuadrados.
Debajo de miles de toneladas de barro había quedado sepultada toda una ciudad de más de veinticinco mil habitantes, sembrados de ajonjolí, arroz, algodón, sorgo y soya, al lado de más de cuatrocientas hectáreas dedicadas a la ganadería, habían desaparecido. Parecía mentira, una mentira demasiado dolorosa; que de un día para otro tanta vida, tanta laboriosidad, tanta alegría hubiera sido borrada de la faz de la tierra.
Cuando volvió a tocar tierra para ir en busca de un teléfono, Fernando Rivera se dio cuenta que estaba llorando, y minutos después los oyentes de las cadenas radiales escucharon su testimonio estremecedor.
Al amanecer de aquel jueves 14 de noviembre todo parecía indicar que los métodos convencionales de socorrismo no serían suficientes para atender a Armero. La enorme cantidad de víctimas y el mar de lodo exigían una movilización en gran escala. Decenas de avionetas de fumigación que sobrevolaban el lugar se convirtieron en un peligro para la operación de helicópteros y de otras naves que traían ayuda. Por ello una de las primeras decisiones de ese día tuvo que ver con el control aéreo, a fin que los socorristas no encontraran obstáculos en su tarea.
Según las autoridades aeronáuticas, en un radio de Cien kilómetros alrededor del nevado del Ruiz se establecía un área restringida y todos los vuelos de la operación de socorro serían coordinados desde la base aérea de palanqueros.
En los dos primeros días hubo hasta treinta helicópteros sobre el cielo de Armero en busca de sobrevivientes, sin que se presentara ni un accidente. Dos helicópteros de la presidencia de la República - uno de ellos a órdenes del propio presidente -rescataron 1.500 personas. El sistema utilizado para el rescate era en cada caso diferente, según la circunstancias. A veces se trataba de una simple manila que el socorrista colocaba alrededor del cuerpo del sobreviviente para izarlo del lodo hasta conducirlo a tierra firme, en donde era colocado sobre una camilla. En otros casos se empleaba un arnés que se ponía alrededor del torso del rescatado. Cuando los sobrevivientes estaban en buenas condiciones, el socorrista les tendía la mano y los izabas desde los helicópteros en vuelo estacionario |